Opinión.

La literatura nos ofrece infinidad de ideas, múltiples caminos y oportunidades para poder desplegar nuestros pensamientos en la comprensión de nuestro entorno, ya sea creándola o consumiéndola. Es así que forjamos la memoria colectiva, comúnmente conservada y consumida a través de la oralidad. Típicamente en el caso de las reuniones donde nuestras abuelas narran sus vivencias del pasado, satisfaciendo la curiosidad que tenemos en conocer lo que aparenta ser un mundo remoto, contrastando realidades imposibles de concebir estas oportunidades. La literatura escrita ofrece más historias, pero esta está atada a la necesidad de un conocimiento más específico, frecuentemente incuestionable, la lectura, esta habilidad es una herramienta que otorga un íntimo acercamiento al saber, como si fuese un tesoro. Los libros son añorados, están predispuestos a ser abiertos, esperan el momento para poder esparcir su contenido, y ser parte de lo que somos, cada texto leído plasma un pedacito de sí en nuestra alma. Es la concepción de lo que vemos y vivimos la que se ve afectada por una lectura o incluso ninguna, pues es hasta su ausencia la que dispone la capacidad que tenemos de aprehender nuestro entorno. La literatura nos alimenta con ideas que construyen la percepción del entorno que nos rodea, también podrían mostrar carencias que de un golpe esclarecen la realidad en la que estamos inmersos, donde no concebimos deficiencias en nuestra forma de vivir, así incitando añoranzas que desplieguen una búsqueda de cambio.A pesar de la variedad de conocimiento que es ofrecido por la literatura, y su influencia sobre nosotros, toda esa información está profundamente ligada a la preparación que tenemos y la disponibilidad de internalizar sus ideas, pues por los medios y voluntad poseída somos quienes descifran y caracterizan sus mensajes, dándoles así una función. Esta interdependencia dirige en un ciclo la creación de nueva información o la de historias que deseemos plasmar en la mentalidad colectiva.

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