Pequeño Relato de un Viajero Anónimo


Pequeño Relato de un Viajero Anónimo




Las olas cargadas de un suave mar acariciaban con sutiliza mi tobillo, enviando desde mi talón derecho, no pregunten qué fue de sus tocayo, a todo el resto de mi desgastado cuerpo la sensación de estar en un panorama paradisíaco, aunque la dureza de la realidad, sin tapujo alguno no tardaría en sacarme de ese hermoso pero efímero instante en que me adentré en un mundo propio de las profundidades oníricas. Pero no podía achacar en su totalidad la culpa de estar sufriendo efectos propios de algún psicotrópico de tercera a mi conciencia, que a pesar de estar colmada de un aguerrido valor aquella tarde, bañada por el ocaso, en que decidí abandonar el pequeño valle que me vio crecer, llegado a este punto, a duras penas funcionaba como una locomotora con cuatro décadas de intenso servicio a la que no había pieza que no le rechinara. Ojo, tengo que esclarecer que todo ese tiempo al que hago alusión en la metáfora que me acabo de inventar se condensó en unas pocas semanas para mi caso en particular, en las que experimenté una travesía digna de las descripciones del averno con la que los desquiciados eclesiásticos medievales infundían el terror en sus crédulos siervos, pero acudiendo al reducido atisbo de sinceridad que aún ostento en algún lugar recóndito de mis entrañas, lo que evitó que doblegara las rodillas en mi emprendida marcha a través del demoníaco campo atiborrado de minas capaces de volarme las tripas en un parpadeo, era esa tenue esperanza que me susurraba al oído que lo que me esperaba pacientemente al final de recorrido solventaría la serie de infortunios que me arrebataron lo poco que me impedía sentirme como un miserable canino en un lodoso charco en una noche de lluvia torrentosa. Vaya iluso más idiota fui.





Fríos, helados, gélidos, o como carajo quieran llamarlo, esa era la sensación que percibían mis sentidos en lo que concierne a esos imponentes barrotes compuestos de algún metal del que ahora mismo no me siento en condiciones de identificar. Si levanto la mirada, sólo soy capaz de visualizar un par de cactus regados por la estepa que se perdía en el horizonte. Oh, lo olvidaba, si no me falla mi casi inútil don para acertar la hora tal cual lo haría un adivino de feria, las manecillas del reloj marca una cifra aproximada a la hora en la que, al menos en lo que ya no me atrevo a referirme como mi pueblo, el sol hacia chamuscar el suelo. Pero con todos esos factores sobre la mesa, la sangre se me había congelado, y no porque a estas alturas del año este sitio del hemisferio norte esté a las puertas de esa temporada que protagoniza esa descarada mentira vestida de roja y de larga y añeja barba, sino porque matorrales de púas sujetos a esos muros que parecían elevarse hasta el infinito se quitaron el guante de seda y abofetearon, sin darle muchas vueltas al asunto, mi descuidado rostro, arrebatándome mis inocentes ilusiones.


Alejandro Quesada Murillo.

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